Una Canción para el Abismo
Itsasturia "El Navegante"
9no Señor del Cielo
Por razones que se desconocen, ningún azti bajo el signo de El Navegante nació jamás en tierra firme. Todos y cada uno de ellos nacieron en las islas, bien fueran aquellas grandes al norte del continente o las miles de islas dispersas en el océano que bordeaba al mundo. El primero en realizar esta observación fue Psasamaleón quien, habiendo conocido a seis azti de El Navegante, percibió que todos eran de origen insular. Luego, Pasión de Parma, quien recabara una considerable cantidad de información sobre los azti, notó que todos los educados navegantes de Aztikás provenían de las Islas del Norte, y a posterior, que nunca jamás hubo uno nacido en Parma ni en ningún reino tributario.
Luego, esta hipótesis se cimentó como hecho con la aparición de la Hazkuntza, quienes intentaron cultivar azti bajo el signo de El Navegante, repetidas veces, sin éxito alguno. Todos y cada uno de ellos nacían siempre en las islas. Pero, por si no fuera poca esta peculiaridad, estos azti poseían habilidades natas realmente interesantes: La primera de ellas era un poder al que llamaban Izar-ikusmena, y consistía en poder observar con claridad los movimientos y la posición de las estrellas, en el pasado, en el presente y en el futuro que, descrito por los mismos portadores, era como si el cielo fuera un gran libro cuyas páginas pudieran ellos pasar. La segunda gran habilidad era conocida como Denbora-susmoa, el poder de percibir el cambio del tiempo, y es que los navegantes podían percibir, con muchísima antelación (años, incluso) cuándo ocurriría un evento meteorológico, un terremoto, incluso, un maremoto.
La Tercera habilidad, la más incomprendida, era llamada Urahotsa, y la descripción dada era una voz que provenía de las aguas, a veces advirtiendo, a veces aconsejando y otras veces informando de cosas. Era una habilidad que no podía ser convocada a voluntad y solo aparecía cuando el azti realmente la necesitaba.
Pero, la más interesante de las habilidades de los navegantes era una que en secreto llamaban Abestia, y cuyo alcance era desconocido incluso para ellos. Estos azti podían escuchar extrañas melodías provenientes de cada objeto, ser vivo o flujo de energía. Las melodías eran diferentes para cada cosa, pero, con el pasar de los años, aprendían a diferenciarlas, y podían hasta saber de qué material estaba hecho algo con tan solo escucharlo. Si bien, podía ser útil muchas veces, fue una habilidad considerada, por los sabios, como de las más “extrañas e inútiles” de los azti, hasta que Cleotar de Azul y Blanca logró descifrar lo que realmente hacía.
Cleo (así llamada por cariño) nació en el Año del Navegante número quinientos correspondiente al Calendario del Gran Archipiélago del Norte. Hija de Cleón de Azul y Tari de Blanca, un matrimonio de pobres pescadores, que fueron sorprendidos cuando Balanor, un Mamu de color celeste los alcanzó en medio del mar cuando Tari dio a luz. Su nacimiento fue realmente emocionante y místico; según sus padres, habían zarpado de Isla Azul, rumbo a Isla Blanca para que Tari hiciera la labor de parto en su pueblo natal, pero una tormenta, aparecida de la nada, arremetió contra ellos. Para sumar a sus preocupaciones, Tari reventó fuente, naciendo Cleotar entre los movimientos bruscos de un mar enfurecido, y justo cuando vino al mundo, la calma lo hizo con ella: la tormenta cesó con su llanto y de un claro aparecido en el cielo, Balanor se acercó volando.
Cleotar trajo mucha alegría a aquellos pequeños pedazos de tierra volcánica, tirados lejos al norte del Gran Archipiélago, pues su nacimiento también coincidió con un aumento repentino de la fauna marina alrededor de las islas, mejorando el rendimiento de la pesca y, por ende, la riqueza de sus pueblos. Así, Cleotar creció con un aura de fortuna y retribución por parte de quienes le rodeaban.
Durante su niñez disfrutaba mucho acompañando a sus padres al mar, ayudándoles a pescar y luego, tratando los pescados en tierra. Pero además de su sobrenatural existencia, Cleotar había nacido con un don especial: la música. Desde temprana edad demostró una gran capacidad para armar melodías, y a los siete años, cuando aprendió a silbar, su boca y su voz se convirtieron en un gran instrumento. Aprendió a cantar todas las canciones que su madre y su padre le pudieron enseñar, e incluso enseñó al mismo Balanor a armonizar con ella.
A medida que fue dominando mejor sus poderes, se convirtió de gran ayuda (como todos los azti de las islas que le precedieron) para la Autoridad del Archipiélago que, por extraño que parezca, era el único gobierno del mundo conocido que no obligaba a los azti a servirles, por el contrario, honraban la antiquísima tradición de pedir por su ayuda y pagar por sus servicios. Como servicios, Cleotar ayudaba en la predicción de las tormentas, de la ubicación de los cardúmenes de peces, y a veces, los consejos de la Urahotsa servían para determinar qué rutas marítimas era mejor tomar para comerciar.
Cleotar conoció a otros diecisiete azti de las Islas, con quienes compartió y de quienes aprendió todo lo que podía y debía saber de sus habilidades natas. También, al acompañarlos en viajes a través de las islas, se dedicó a aprender cada canción que escuchaba: Cantos de piratas, viejas letanías de marineros, canciones de bardos del continente, poemas épicos de las historias de antaño. Mas, las que más le gustaban eran las melodías que encontraba a todos lados donde iba: Las canciones de le viento, los ritmos del mar, los tambores de la tierra, las cuerdas del fuego y las hermosas notas que manaban de los seres vivos.
A los diecisiete años la Autoridad le concedió la oportunidad de estudiar algunos años en Aztikás. Allí, Cleotar expandió su conocimiento sobre sus poderes y, además, aprendió varias otras cosas que desconocía, como los encantamientos y la posibilidad de conjurar otro tipo de habilidades a partir de su propia energía física. Pero quizás, el mejor aporte que recibió en ese lugar no vino ni siquiera de la misma Aztikás, sino de un maestro de música llamado Aelazar. Cleotar se topó con él una tarde mientras paseaba por el malecón principal de Pendapor, donde lo escuchó tocar su flauta mientras miraba el mar, y no es que fuera el primer músico, ni mucho menos el primer flautista, sino que fue al primero al que vio tocándole al mar. Su curiosidad fue excesiva, y con la imprudencia que la caracterizaba no pudo evitar acercársele y preguntarle el porqué de su melodía. Para su sorpresa, la explicación con la que se topó fue aún más extraordinaria que la misma escena: Aelazar tocaba su flauta al mar para acompasarlo, porque según él, había una melodía oculta entre las olas, y él le gustaba crear canciones con esas melodías. Pero, a media que la conversación fluyó, Cleotar descubrió que no solo le ocurría eso con el mar, sino que también encontraba melodías en el viento, en las hojas de los árboles, en las rocas que caían de un precipicio, y hasta en los pasos de las muchedumbres en el mercado.
Es difícil determinar si Cleotar se enamoró de Aelazar o de la idea de que una persona común pudiera, no solo sentir, sino canalizar las melodías del mundo, sin ser un azti. Así que, con la excusa de aprender, Cleotar acordó frecuentar a Aelazar para que este le enseñara música. Pronto, y durante toda su estadía en Pendapor, tres veces por semana, se vieron. Por un lado, aprendía grandes encantamientos y el alcance de sus poderes, y por el otro, las misteriosas reglas de la armonía, los vaivenes de los acordes y la fascinante naturaleza de los instrumentos. Pues, Aelazar, muy prodigioso en su arte, resultó ser un excelente maestro.
Cleotar aprendió a leer, escribir y replicar cientos de canciones compuestas por famosos músicos. Se sumergió en piezas complicadísimas y aprendió la magia de diversos instrumentos, pero siempre, el que con más cariño guardaba en su corazón era la flauta y la melodía con la que acompañaba al mar, y una que otra vez le pedía a Aelazar que la tocara para ella, en el mismo malecón junto al mar.
Cuando se sintió capaz de escuchar una melodía y transcribirla, Cleotar le contó a Aelazar sobre la Abestia, y sobre las melodías que era capaz de escuchar. Así que, con su ayuda, comenzó a transcribir aquellas melodías, comenzando por la del mar, que en muchos puntos coincidía con la que había compuesto Aelazar, pero también la complementaba. Luego, escribieron la melodía del viento cuando soplaba desde el sotavento, suave y sobria, mientras la del Barlovento era armoniosa y movida. Entonces, encontraron las melodías de la tierra, del fuego, de los arroyos, del cantar de las aves, de las muchedumbres en el mercado, y hasta de los edificios que se apilaban en Pendapor. Incluso, encontró melodías en las enfermedades y en la misma muerte. Luego, gracias a sus estudios, Cleo logró construir un diapasón encantado a partir de una pluma de Balanor que le permitió encontrar la melodía exacta de cada objeto o ser en el mundo, y así expandió su capacidad para encontrar canciones en todos los objetos.
Las melodías eran tan hermosas y bien construidas que al tocarlas generaban armonía inmediata con el entorno. Cleotar, disfrutaba cuando Aelazar las tocaba, y transformaba aquello que ella solo escuchaba en hermosas composiciones, dignas de los más grandes músicos que hubiera estudiado. Pero ella nunca tocaba las melodías, bien sea por timidez o porque consideraba que sonaban mejor en las manos de su bienamado maestro. Cleo le permitió a Aelazar utilizar las melodías para componer grandes piezas y tocarlas en la ciudad, lo cual le trajo fama y prestigio, pero también le ocupó tiempo y le demandó dedicación. Poco a poco se fue alejando de Cleotar y con ello, se fue extinguiendo su amor, y aunque pareciera doloroso, al coincidir con el fin de sus estudios en Aztikás, le permitió dejar tierra firme con tranquilidad en su corazón, y a manera de recuerdo, llevó consigo una flauta para recordar los buenos momentos que tuvo junto a Aelazar.
Una vez en el Archipiélago, Cleotar decidió dedicarse a ayudar a los Isleños de diversas maneras, aprovechando todo lo que había aprendido durante su estadía en Pendapor. Después de algunos años, inició una escuela de música con el sueño de que las islas tuvieran grandes músicos como los que había en el continente. No tuvo muchos estudiantes, más que aquellos de algunas familias adineradas. Sin embargo, logró llevar algo de música a los pueblos a través de instrumentos encantados, llenando de alegría, cada vez que lo hacía, las difíciles vidas en el mar.
Aunque quiso retomar contacto, alguna vez, con Aelazar, ya no fue posible regresar a Pendapor, ya que había sido invadida y asediada por el ejército Imperial de Pavadeva. La Autoridad del Archipiélago había decidido no enviar más naves al continente, por el miedo de que los planes Imperiales de Pavadeva quisieran expandirse hacia las Islas. Pronto concentraron todas su fuerzas y recursos en proteger sus fronteras marítimas, requiriendo de la ayuda de los azti de las Islas, y durante un par de años, Cleotar estuvo al frente con los otros azti isleños, conjurando ilusiones, barreras o siendo alertados por la Urahotsa sobre posibles incursiones enemigas.
Pero, esta situación trajo algunas consecuencias esperadas: Las islas no eran grandes terrenos fértiles, y al no poder importar ningún alimento del continente, las condiciones locales desmejoraron. Hubo que racionar los pocos alimentos que se producían en la isla, además, las pescas de aguas profundas también mermaron ya que las flotas imperiales se adueñaron de los espacios cercanos a las grandes fosas. Sin embargo, los Isleños, acostumbrados a la dificultad, supieron sobreponerse a la situación y darse apoyo entre ellos.
Luego, un día, la Autoridad solicitó la ayuda específica de Cleotar para guiar algunas embarcaciones a través del Mar norteño, hacia una isla remota conocida como Harri Zahar, donde una extraña enfermedad había atacado a los peces y luego a los habitantes de la isla, y habiendo ella estudiado curaciones en Pendapor, era la ideal para el trabajo.
Arribaron a la Isla cerca del ocaso, consiguiendo un panorama un tanto aterrador: Las aguas estaban calmadas, el muelle estaba desolado y no había indicios de ningún ser vivo, ni siquiera gaviotas. La comitiva desembarcó, eran unas quince personas. Cleotar conjuró un encantamiento de búsqueda para ver si había presencia de personas en la isla, y en efecto las halló; todos se encontraban encerrados en sus casas, en muy mal estado.
Pronto Cleo visitó cabaña por cabaña, para atender a los enfermos, descubriendo que los síntomas no eran similares a nada que hubiera estudiado antes: Todos habían palidecido y un mullido salpullido púrpura les bañaba la piel. Algunos ardían en fiebre y otros, estaban sumidos en un estado catatónico a penas diferenciado de la muerte. También descubrió que ya muchos habían muerto. Los primeros días, Cleotar se dedicó a atender los síntomas, principalmente la fiebre, la deshidratación y la desnutrición. Luego, a través de varios intentos con encantamientos, brebajes y pócimas logró controlar algunos efectos y hacer retroceder, en algunos casos, las manchas púrpuras. La “Fiebre Púrpura”, la llamaron los locales y así mismo los tripulantes que la acompañaban. Todo parecía mejorar hasta que un día, algunos de los tripulantes cedieron a la enfermedad sin siquiera haber tenido contacto con los infectados, e incluso algunos de los recuperados recayeron.
Cleo preocupada supo que había que determinar el origen de la enfermedad de alguna manera, para poder atacarla y erradicarla, pero no tenía ni la más mínima idea de cómo hacerlo. Un día se fue al muelle, y con algo de nostalgia sacó su flauta y comenzó a tocar la canción que ella y Aelazar habían compuesto para el mar. Cerró sus ojos, y escuchó el oleaje suave, cuando llegó el momento, lo comenzó a acompañar. Las notas iniciaron suaves y serenas, rememorando los momentos que ella había tenido con Aelazar. De repente, Cleo sintió una presencia, abrió sus ojos y detuvo la música, pero alcanzó a percibir cómo un rocío difuso se precipitaba al agua, un rocío que no tenía origen alguno. Le pareció extraño, pero decidió seguir tocando, estaba vez con los ojos abiertos, y entonces lo vio: El rocío se levantó del mar y comenzó a formar siluetas de personas, de aves y barcos, de cosas que pasaron antes, de cosas que pasaban y quizás de cosas que pasarían. Cleo siguió tocando y pronto vio a Aelazar entre las siluetas, y se vio así misma, y a medida que iba tocando cada vez se hacía más clara la visión de las cosas y pudo entenderlo: Cuando ella tocaba la pieza que había compuesto con la melodía del mar, de alguna manera, activaba la esencia misma del agua y esta le brindaba toda la información que había recogido, de todas partes donde había estado.
Entonces, Cleotar tuvo una epifanía: Entendió que, si encontraba la melodía que tenía la enfermedad y componía una pieza con ella, la misma enfermedad podría contarle su origen. Así que, sin perder más tiempo, se acercó a los enfermos y con su diapasón mágico comenzó convocar la melodía de la “Fiebre Púrpura”. Para sorpresa de Cleotar, la enfermedad tenía sonidos estrepitosos, golpes descontrolados y estaba plaga de una cacofonía terrible, y era la primera vez que escuchaba una melodía con esa naturaleza, porque ni siquiera en los muertos las melodías eran cacofónicas. Cleotar supuso entonces que había algo anormal en toda esta situación, ya que durante toda su experiencia las melodías del mundo siempre eran ordenadas y armoniosa, mientras que esta era caótica y estridente, así que de alguna manera la enfermedad tenía que tener un origen en algún desbalance natural, algo que estaba ordenando el orden de las cosas.
A pesar de esto, Cleo logró componer una melodía, siguiendo las notas irregulares que emanaban de la infección. Fue un trabajo arduo, porque requería de diversos instrumentos para poder lograrlo, así que tuvo que encantar unos cuantos, y fabricar otros que no estaban para poder lograr todas las notas. Luego de una semana, por fin fue capaz de unirlos todos, entonces ordenó que los enfermos se reunieran en un punto común del pueblo, y allí comenzó a tocar. Al inicio, los sonidos fueron terroríficos, y muchas personas se taparon los oídos porque no podían soportar las estridencias, pero Cleotar siguió, una y otra vez, emulando las notas. Entonces, pequeños destellos púrpura escaparon de los cuerpos de los enfermos y formaron un remolino encima de ellos. De pronto, una banda de sonidos salvajes comenzó a emanar de todos lados. Luego, Cleo percibió la silueta de una niña que caminaba hacia el punto alto de la isla, así que encantó los instrumentos para que siguieran sonando y magnificó su sonido, y se dio a la tarea de perseguir a la silueta.
Finalmente la condujo al punto más alto de la isla donde había una caverna. Cleo se adentró, convocando un hechizo de luz para abrirse camino entre las tinieblas. Caminó durante un tiempo considerable hasta que comenzó a ver el mismo color púrpura del salpullido, esparcido como manchas amorfas en el piso y las paredes de la caverna. Luego, una luz púrpura resplandeciente apareció al fondo y ya no hubo necesidad del fuego. La luz venía de una especie de portal acuoso formado en las paredes de la caverna, desde el cual escapaban “esporas” en pequeños pulsos, como si se tratara de polen. Entonces, Cleo escuchó la voz de Balanor:
-Es un abismo entre los planos.
-¿A qué te refieres? – preguntó Cleo
-Es una desviación del orden celestial. Un abismo que conecta todos los planos de la existencia, alterando el balance entre cada mundo.
-Por eso es que su melodía es tan aberrante – concluyó Cleotar - Pero ¿Qué lo puede estar causando? Y lo más importante ¿Podemos detenerlo?
-Esto está más allá de nuestra capacidad- respondió Balanor-Hay una gran distorsión en el mundo, y eso es lo que lo ha causado. Quizás lo único que puedas hacer es contenerlo. Pero deberás encontrar la melodía que lo ordene, para poder contrarrestarlo. Solo tienes que escuchar las notas.
Entonces Cleotar se sentó frente a la puerta y con el diapasón comenzó a aislar nota por nota, descubriendo las claves, los ritmos y las pausas en el desorden que había. Con cada nota que aislaba, recordaba las clases que había tenido con Aelazar y el sentimiento que le causaban, el ritmo con el que su corazón latía cuando estaba cerca de él. Pronto, los recuerdos colmaron su mente y su corazón, y entonces Cleotar de Azul y Blanco lo supo: Durante muchos años había escuchado muchas melodías de distintos orígenes, de distintas formas y de distintas naturalezas, pero la única melodía que siempre había ignorado era la suya propia, una melodía que incluso la trascendía a ella, una melodía que venía de su esencia, de la esencia de Balanor, y de la esencia de cada azti en el mundo; esa melodía representaba el orden y la armonía del mundo, representaba la bondad, la calma y la paz. Era una melodía que expresaba la felicidad y el buen recuerdo, el amor y la nostalgia, era una melodía que representaba todo lo que era bueno.
Así, Cleotar encantó su flauta, aquella flauta que le recordaba a su amor e hizo que la melodía sonara:
La Canción de Cleotar
La flauta comenzó a brillar en un color azul intenso, el mismo color de las estrellas, el mismo color de Balanor, entonces los tres: la azti, la flauta y el mamu, se convirtieron en un solo punto de luz, fundiéndose en un nuevo instrumento: una flauta azul que tocaría eternamente la canción de Cleo para contener el abismo.

No sé si está en tus planes pero toda esta saga hace una buena precuela para una nueva, donde los 12 señores del cielo son historia antigua o mitología religiosa, a la que se hace referencia.
ResponderEliminarLo estoy considerando porque hay mucho más para contar sobre ese mundo. La Próxima historia, la penúltima de este ciclo, abre una puerta inmensa que puede llevarme a una historia bien grande.
EliminarSentí que era como jean Batista del perfume pero con el sentido de el oído...se que todas tienen un punto de encuentro... Lo sé 🤭
ResponderEliminarJajajajaja sí, hay cierta inspiración sobre esa historia.
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