Zafiro


Zafiro
Autor: Arturo J. Bilbao
Jun - 2019


Santiago era un hombre adulto con un matrimonio de 12 años producto de una obligación, al dejar embarazada a una muchacha tras una noche de fiesta y tragos. Nunca fue demasiado feliz con aquel matrimonio, pero su hijo Jon se lo compensaba todo; si bien es cierto que no fue un niño planificado ni mucho menos deseado, Santiago lo encaró de la mejor manera cuando llegó.
Resultaba que de joven era un muchacho muy aplicado en sus estudios, hacía una buena cantidad de ejercicio y aunque no era un físico culturista, Santiago estuvo en muy buena forma, lo cual lo hacía objeto de muchos deseos: Santos y Mundanos, como decía su abuela para referirse a temas diversos. Y bueno, bien que los aprovechaba Santiago; muy callado que comía. Llevó una adolescencia placentera en la cual disfrutó hombres y mujeres por igual, siempre cuidándose para evitar uno de dos terribles finales: Contraer una enfermedad o tener un hijo que, a fin de cuentas, ambas cosas eran lo mismo para él, en aquel entonces.
Ahora bien y más allá de eso, Santiago siempre tuvo un secreto que guardaba con recelo: por las noches se encerraba en su cuarto con algunas cosas que compraba a escondidas u otras prestadas, para transformarse en toda una diosa. Hay que aclarar que simplemente se sentía cómodo con la idea de vestirse como una mujer y ser lo más femenino que podía. Esto no le quedaba mal en absoluto, según él percibía: Su delgado y bien formado cuerpo, su muy abultado trasero y su hermoso rostro le permitían encarnar un excelente personaje al que él en secreto llamaba “Zafiro”.
A todas estas, tanto su juventud, su sueños y Zafiro se fueron cuando llegó Jon. Aquel disruptivo evento en su vida lo obligó a cambiar todo: Debió comenzar a trabajar, fue obligado a casarse (sus padres eran personas muy conservadoras y de valores cerrados) y como estaban algo acomodados, al menos le regalaron una casa, donde se asentó con su esposa “caída del cielo”, Ana.
Santiago entró en un limbo donde simplemente asumió con bastante coraje, ha de acotarse, aquella responsabilidad y siguió adelante. No obstante, sus años se le fueron entre el trabajo, su hijo y las pocas cosas que iba logrando. Se dedicó a su matrimonio, trató de hacer feliz a su esposa. Nada de esto tuvo mucho resultado: Ana terminó engañándolo con su instructor de gimnasio (ella se daba el lujo de ir mientras él, habiendo abandonado todo en pro del bienestar de su familia, ya ni ejercicios hacía). Él trató de seguir adelante por el bien y la estabilidad de Jon, pero no funcionó. Así que a los 12 años de matrimonio se divorciaron, Ana se fue con aquel instructor y dejó a Santiago con Jon, pues ni se molestó en conservar la custodia.
Así, Santiago debió afrontar su situación de padre soltero, criando a un hijo que entraba recién en la adolescencia y que posiblemente traería una serie de problemas que quizás él no sabría manejar. Lo hizo de la mejor manera, se pudiera decir. Santiago volcó todo su esfuerzo en su hijo, le dedicó el tiempo y espacio que tenía; también recibió cierta ayuda de sus padres, aunque distantes emocionalmente. Pasaron 3 años más, y las cosas comenzaron a levantar un poco: Jon se volvió muy autónomo, resultó ser un muy buen estudiante en la secundaria, Santiago logró hacer tiempo para él y comenzó a correr al menos 4 veces por semana, lo cual mejoró su aspecto físico (nunca a aquel adonis de la juventud), la relación con su hijo se hizo muy estrecha, incluso hacían ejercicios juntos, y por primera vez en 15 años, Santiago se sintió feliz.
Un cierto día conversando con su madre, quien pasaba una temporada junto a ellos, recibió un comentario sobre Jon: ¿No te parece extraño ese muchacho? Ya tiene 15 años, y a esa edad tú eras todo un Don Juan ¡Cuántas muchachitas te buscaban! Santiago recordó aquella época, no solo por las chicas, también por los chicos con los que se juntó. Pero, regresando al comentario, ciertamente nunca había notado esas actitudes en su hijo. Jon es un muchacho tranquilo, mamá. Está muy dedicados a sus estudios. Su madre no quedó satisfecha con la respuesta y le devolvió un gesto de esos que siembran dudas. Hay muchos muchachitos de esos que no buscan mujeres, sino hombres y lo peor ¡Se visten de mujeres! Habla con ese muchacho.
Santiago recordó en ese momento por qué mantenía tan secretamente a “Zafiro”, pero decidió olvidar rápidamente el tema. Los días pasaron, su madre se fue y la rutina volvió a la casa. Una cierta noche, Santiago recibió una invitación de sus amigos del trabajo para ir por unos tragos. Hacía mil años que ni se lo pensaba. Llamó a Jon, le dijo que llegaría un poco tarde a casa, y se fue con sus amigos.
Estuvieron un rato bromeando, riendo y bebiendo. Santiago lo disfrutó bastante, pero al cabo de un rato se sintió un poco inconforme por no llegar a casa temprano para estar con su hijo. Aunque sus amigos se entristecieron un poco y le insistieron en quedarse un poco más, Santiago se despidió y tomó el auto para irse a casa. Estuvo todo el camino pensando en lo que había sido su vida y de cómo había mejorado, e incluso consideró que quizás era tiempo de abrirse a conocer personas y ¿por qué no? Un verdadero amor.
Cuando llegó a casa, no escuchó mucho ruido, la mayoría de las luces estaban apagadas, así que pensó que Jon estaba encerrado en su cuarto como de costumbre. Pasó a saludar y cuando abrió la puerta se topó con una escena inesperada: Jon estaba frente al espejo con la boca pintada, usando un vestido que era de su madre y usando unos tacones rojos de bastante altura.
La cara del muchacho fue de terror cuando vio a su padre y Santiago lo percibió. Uno eterno minuto de silencio y tensión se expandió en todas direcciones cual onda de choque de una bomba nuclear. Jon estaba pálido y con los ojos a punto de ahogarse en lágrimas.
Santiago cerró la puerta de la habitación y se quedó afuera. Esperó que pasaran algunos segundos y la tocó de nuevo. Jon ¿Estás ahí? ¿Puedo pasar? – preguntó. Por un rato no escuchó nada, así que insistió. Al cabo de la tercera llamada el muchacho respondió: Sí, papá.
Santiago entró y encontró a Jon sentado en la cama con algunas lágrimas en la cara y quitándose el maquillaje. Se acercó, se sentó al lado, en completo silencio. Papá, lo siento – fue lo único que salió. Yo lo siento – dijo Santiago- No debí pasar sin tocar la puerta. Después de otro corto silencio Santiago preguntó: ¿Y cómo te llamas cuando haces DRAG?- La pregunta tuvo una reacción de sorpresa en el rostro de Jon, quien confundido respondió: No tengo nombre, creo.
-Deberías ponerte uno. Hacer DRAG sin un nombre es como no hacerlo. Cuando yo tenía tu edad, por las noches, me vestía y me llamaba Zafiro.

Zafiro

Autor: Arturo J. Bilbao
Jun - 2019

Comentarios

  1. Excelente forma de mostrar lo que es lo multifacético que puede llegar a ser la mente del ser humano!!...

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares