La Dictadura de los Datos
Imagen; Conexión
Autor: Arturo J. Bilbao
Año: 2019
No
hubo manera de predecir en qué momento pasaría ni qué lo causaría. Lo cierto es
que los indicios siempre estuvieron allí, creciendo lentamente, a penas
perceptibles entre los numerosos beneficios que traían. Incluso para aquellos
que vaticinaron que esto podría materializarse fue una tremenda sorpresa.
Todo
empezó con las iniciativas de gobiernos abiertos y ciudades inteligentes: Al
inicio supusieron un reto en la manera de hacer políticas públicas. Pero las
demandas constantes de la población sobre transparencia, accesibilidad de los
datos y el ¿En qué gastan mis impuestos? Movió a muchos gobiernos
locales a adoptar modelos de datos abiertos. Así las ciudades comenzaron a
digitalizarse con portales web en primera instancia, luego con redes sociales,
aplicaciones, encuestas en línea, participación ciudadana y finalmente con una
apertura absoluta de los datos públicos. Quizás este haya sido el punto de
inflexión, justo cuando las ciudades crearon bases de datos abiertas y
normalizadas que permitieron a cualquiera acceder a ellas para consultas. A
medida que los ciudadanos participaban e interactuaban las bases se iban
volviendo más complejas, lo cual demandaba grandes recursos de procesamiento y
cómputo. El gran salto vino cuando se implemento la inteligencia artificial y
la automatización robótica en las oficinas de los gobiernos: La eficiencia de
las burocracias aumentó vertiginosamente y aquellos líderes políticos que
estuvieron en la cresta de la ola se ganaron las gracias y amores del entonces
llamado “pueblo”.
Con
el paso del tiempo las instituciones locales comenzaron a parecer cada vez más
democráticas: los ciudadanos participaban en línea ante cualquier problema que
se suscitara y el aporte global proporcionaba soluciones eficientes. Las
funciones del gobierno se comenzaron a centrar en procesar estos datos; los
burócratas fueron desplazados, sustituidos o reentrenados en una masa de
analistas de datos, de expertos en tecnologías de la información e ingenieros.
Los gobiernos tecnócratas se convirtieron en organismos de alto desempeño a
medida que los recursos digitales orientaban toda su maquinaria a la solución
de problemas y a la atención del público. Así, las personas nunca se sintieron
más empoderadas, escuchadas y apreciadas que en ese momento.
Al
cabo de década y media los algoritmos comenzaron a tomar mayor protagonismo: La
información generada por todas estas interacciones comenzó a convertirse en una
mina de recursos que pocos eran capaces de entender y aquellas Inteligencias
Artificiales orientadas a la búsqueda de soluciones de sus clientes (los
ciudadanos) comenzaron a descubrir tendencias, rupturas, patrones y
probabilidades que, hasta el momento, habían estado ocultas para todos.
De
pronto, fue común y aceptable que muchas de las funciones y decisiones de los
gobiernos comenzaran a relegarse en los poderosos e infalibles algoritmos que,
sin dudas, parecían encontrar soluciones y avances de manera mucho más
eficientes que sus contrapartes humanas. La burocracia gubernamental una vez
más se redujo y aquellos cuerpos colegiados que tomaban decisiones comenzaron a
ser los únicos sobrevivientes de toda la maquinaria estatal; pero también
dependía cada vez más de los algoritmos para poder decidir.
Finalmente
sucedió: En una ciudad altamente conectada, tras una serie de mala decisiones
tomadas por los políticos que ignoraron los sabios consejos de los algoritmos y
llevaron a cabo lo que sus convicciones políticas le decían, el sistema colapsó
por completo; Las masas histéricas comenzaron a demandar una solución única e
impensable: Abajo los políticos.
Los
algoritmos fueron conectados y se les dio poder de decisión; se convirtieron en
los nuevos gobernantes o servidores como los ciudadanos quisieron
llamarlos. El éxito de la ciudad fue abrumador: Los niveles de vida se
dispararon, la corrupción y lentitud desapareció del estado, los costos de vida
se desplomaron y la población percibió un bienestar que jamás soñó. El
experimento se expandió rápidamente, fulminante como un rayo y en menos de
medio siglo todas las ciudades del mundo eran autogobernadas por algoritmos.
Esto
no paró aquí: El sistema se fue perfeccionando hasta que fue capaz de trabajar
en conjunto y redes de ciudades comenzaron a colaborar hasta que fueron completamente
autónomas de los designios políticos de quienes gobernaban los territorios.
Finalmente,
el algoritmo sustituyó a todo factor humano en las decisiones políticas,
liberando a los humanos de la terrible labor de gobernar. Hoy en día los
filósofos coinciden que fue el cambio de paradigma más extraordinario de la
humanidad, solo comparable con la Revolución Agrícola y la Revolución
Industrial. Los humanos podemos dedicarnos a cada labor, colaborar y crecer con
la garantía de que nuestro entorno, una vez burocrático, funciona a la
perfección, garantizándonos el orden y la prosperidad, agradeciendo al Gran
Servidor Público. No hay rastro de conflictos políticos, ni religiosos ni
mucho menos de corrupción o malas decisiones; todo se hace según las necesidades
y las tendencias que generan nuestras interacciones; el Algoritmo existe para satisfacernos, aunque algunos gritan de mala gana y quizás por sus deseos
animales que es una Dictadura de los Datos.
Cuento
Autor: Arturo J. Bilbao
Año: 2019



Muy bueno, aunque no me gustan los finales felices
ResponderEliminar¿Y estás seguro que es un final feliz?
EliminarMe gusta, estoy a la espera del próximo capítulo, de seguro el algoritmo no se creó solo y volvemos al mismo cuento de que fue primero, el huevo o la gallina?
ResponderEliminarMuy bueno ...un punto de vista interesante ya el error humano siempre ha será algo a tomar en consideración...los datos son objetivos y al no tener necesidades son desde cierto punto insobornables....interesante sobre el todo por el final un poco oscuro
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