María Antonieta De La Fuente

Foto: Pájaro de Metal en un Bazar
Arturo J. Bilbao
Buenos Aires

María Antonieta De La Fuente Palacios fue la única hija de Jorge Enrique De La Fuente Albornoz y Antonieta de Jesús Palacios Castillos, cuyo nacimiento estuvo envuelto en bochornos, desgracias y vergüenzas. Nadie nunca supo esto, excepto por su señora madre quien murió poco después de traerla al mundo, su padre quien la mantuvo cautiva en una habitación de la Casona Cafetalera de los De La Fuente, perdida en alguna montaña que solo conocían quienes la atendían y ella misma, a quien su padre se encargó de echarle en cara y recordarle cada vez que podía la desgracia, desventura y vergüenza que ella era.
La única suerte con la que corrió fue que, gracias a su señora madre y a la amistad que la unía con el sacerdote del pueblo, el nacimiento de María Antonieta fue registrado y ante la ley ella existía, sin que su señor padre pudiera negarlo. Las costumbres de la época, curiosamente, la ayudaron, porque para Jorge Enrique no debió ser fácil aceptar en el seno de su familia un fruto del pecado.
Resultó que María Antonieta era morena, casi negra, a diferencia de la tez lechosa de su padre y madre. Ni siquiera los cabellos chocolatosos de su madre había heredado. Lo único, y es importante acotar, eran sus ojos: Grises como una tarde de lluvia, exactamente iguales a los de su señor padre. Por esta extraña diferencia, Jorge Enrique consideraba que María Antonieta no era su hija; consideró siempre que su señora lo había engañado con algún esclavo de la hacienda.
María Antonieta creció así lejos de todo. Su padre siempre explicó que ella sufría de una extraña enfermedad en la piel que le impedía exponerse al sol. Incluso, para tan solo cumplir con la rutina de la sacra eucaristía, un padre (sí, aquel amigo de su madre) iba cada domingo a llevarle la santa palabra, pero separado de una espesa cortina para que nunca la viera.
Para cuando María Antonieta tuvo 9 años, Jorge Enrique contrajo matrimonio con Sofía Dulcinea Echegaray Zamora, hija de un acaudalado señor de la Capital Colonial. Así que se fue de aquella Casona Cafetalera para nunca más volver. Esto no implica que se haya olvidado de María Antonieta, pues, al fin y al cabo, aquella Casona y sus tierras donde brotaba el mejor café de la Colonia, eran la fuente de su fortuna. Así que María Antonieta siempre estuvo bien atendida, o al menos, mejor atendida que cualquier otra persona. Jorge, si bien es cierto sentía una gran vergüenza, no podía escaparse de la idea que, ante Dios, ella había sido presentada como su hija, entonces supo proveerle de todo lo que necesitaba, como una suerte de caridad. Al menos, así lo entendió María Antonieta.
María se hizo una jovencita, palidecida por la falta de luz. Recibía su comida, sus vestidos (todos la cubrían con un velo para que jamás se le viera la cara). Además, todos siempre creyeron aquella mentira de la enfermedad en la piel, incluso la misma María Antonieta.
Ahora, luego de algunos meses de la partida de su padre, María Antonieta comenzó a tener ciertas libertades. Lograba escaparse de su habitación por las noches, curiosear. Incluso, logró que el sacerdote que iba cada domingo le enseñara a leer, con la excusa de leer la biblia. Pero en realidad, ella siempre quiso leer todos los libros que había en la Biblioteca de su padre.
Para cuando cumplió 15 años, María Antonieta había leído cada libro (que es mucho decir, porque hablamos de unos dos mil fácilmente) que había en la biblioteca y en su mente había recorrido cada rincón del mundo que aquellas páginas le habían permitido. Cuando no tuvo más que leer, y eso que releyó cada libro unas tres veces o más, le pidió al Sacerdote que le consiguiera más libros. Pero este se negó rotundamente; una mujer no podía leer otra cosa más que la Biblia.
Ante el fracaso de su intento, María Antonieta comenzó a expandir su mundo. Primero, decidió conocer toda la casa, sus secretos y rincones. Comenzó a observar a los trabajadores, a las sirvientas, los cargamentos. Hizo anotaciones de cuántos entraban, cuándos salían, cuántas arrobas de café se cosechaban por periodo, cuántos esclavos andaban, cuántos morían, cuántos nacían. Incluso, comenzó a salir de la casa, tan cubierta como podía para evitar a su némesis solar. Recorrió toda la hacienda, cada rincón posible, cada campo, sin temor. La noche se convirtió en su mejor amiga. Cuando cumplió 19 años, María Antonieta conocía cada grano de arena de aquella tierra abandonada.
Una mañana recibió una noticia terrible: Su padre había muerto. Aquellas palabras llegaron de la boca de un hombre extraño, que decía ser abogado representante de la Viuda de De La Fuente, y que además le dijo que en su testamento había declarado que su hijo, Jorge Mario De La Fuente Echegaray sería el heredero de todo al cumplir la mayoría de edad y que mientras tanto, la Señora De La Fuente Administraría la Casona. Sin embargo, también le informó, que sin importar qué, María Antonieta debería recibir manutención, atención y hogar hasta el día de su muerte.
María Antonieta quedó devastada, porque a pesar de que su padre jamás fue cercano a ella, que lo único que le dijo era que era una vergüenza, para ella era su señor padre y nada más.
Durante los años siguientes, María Antonieta siguió explorando, una y otra vez. Incluso decidió aventurarse de noche al pueblo, y lo recorrió como pudo, cuanto pudo, aprendiendo todo de cada quien. Sus aventuras casi fantasmales crearon un mito de una mujer de negro que vagaba por las calles en la noche. Cuando llegó a sus oídos, la hizo estallar de risa.
Cuando Jorge Mario llegó a la mayoría de edad, su Sofía, su madre, murió, en una extraña coincidencia de eventos. Esto desembocó en una mala situación, porque aquel hombrecillo, al parecer, no supo administrar la fortuna, desatendió el negocio y dilapidó todo lo que tuvo. Cuando no pudo más, se vio obligado a visitar la Casona, la única propiedad que le quedaba.
María Antonieta tenía 32 años cuando eso pasó. Se topó con aquel hombre sumido en el Alcohol, en la rabia y la mala experiencia, que gritaba a todo mundo. Pero físicamente era muy parecido a su padre. Una noche, ebrio, llegó a la habitación de María Antonieta y comenzó a tocarle la puerta, diciendo cada barbaridad que podía. María Antonieta se mantuvo en silencio. Finalmente terminó llorando, diciendo que no sabía qué hacer, ni cómo administrar aquella única propiedad que le quedaba.
María Antonieta entonces habló y le dijo que pasara la siguiente noche, sobrio y ella le ayudaría. Le dijo que ella había visto cada cosa en la hacienda, cada movimiento y cada trabajo, sabiendo exactamente qué hacer.
Jorge Mario hizo caso y pasó a la siguiente noche; recibió, por debajo de la puerta, un par de hojas. María Antonieta le dijo que siguiera lo que estaba allí escrito, al pie de la letra para recuperar la hacienda, y que fuera cada noche a su puerta para contarle lo que hacía.
El muchacho se tomó disciplinadamente el consejo y lo cumplió como santo y seña. Hizo lo que debía hacer y fue cada noche que pudo a hablar con María Antonieta. Por primera vez, ella sintió que tenía un buen amigo. La hacienda se recuperó con prontitud.
Jorge Mario, en agradecimiento le dijo a María Antonieta que le pidiera lo que quisiera en forma de agradecimiento. Ella, se lo pensó unos días. Luego decidió que lo que quería era libros, tantos como se pudieran. Jorge Mario cumplió a cabalidad la petición y entonces la vida de María Antonieta recobró aquel sentido que tuvo en su adolescencia.
Los años pasaron y ella siguió “encerrada” en su habitación. Cuando tenía 39 años, una peste azotó a la Colonia y aquel pueblo cafetalero no escapó de la maldición. Aquella peste alcanzó la Casona y María Antonieta cayó enferma por la peste y se deterioró rápidamente. Jorge Mario pagó al mejor médico que pudo, trayéndolo desde el extranjero. Pero María Antonieta no soportó la espera; falleció antes de que llegara el Médico.
Tuvo un velorio sencillo, no muy concurrido. El Sacerdote, que ya era un joven, solo pudo decir que María Antonieta estuvo encerrada toda su vida debido a aquella enfermedad y que la limitó de hacer algo en su vida. Vivió en la austeridad y el ascetismo, y eso la hacía una santa.
Cuando Jorge Mario volvió a casa, triste por la partida de María Antonieta, comenzó a revisar sus cosas y encontró doce manuscritos, extensísimos, donde María Antonieta relataba su vida. Se sentó a leerlos, uno tras otro, fascinado por todas sus aventuras. También se enteró de la muerte de Antonieta de Jesús y comenzó a indagas sobre la enfermedad de María Antonieta, cuya causa era el pecado que su Madre había cometido. Jorge Mario, algo confundido, decidió revisar los archivos de la iglesia del pueblo y para su sorpresa descubrió que Jorge Enrique, su padre, era hijo de una Esclava y Jorge Pablo De La Fuente, y que, a pesar de haber nacido blanco, era esa la posible causa de que María Antonieta tuviera el color de piel que tenía.
También descubrió que no había ninguna documentación real de la enfermedad de María Antonieta y no encontró nada. Jorge Mario llegó a la conclusión de que María Antonieta había vivido engañada toda su vida, que nunca estuvo enferma.
Sin embargo, eso no la privó de vivir una vida interesante.

Autor: Arturo J. Bilbao


Año: 2019
Buenos Aires

Comentarios

  1. Muy bueno... excelente manera de demostrar que mientras la persona quiera abquirir conocimiento por más encerrado que este su cuerpo su mente ya le ha echo libre!

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