Cuando

Ama "La Madre"
4ta Señora del Cielo
   

  De entre los misterios más grandes que rodean a los azti no hay ninguno tan extraño como el de los nacidos en el año de La Madre. De hecho, son escasos y tan poco se sabe de ellos que, aquellos cuyas vidas ha preservado la historia, son considerados como no más que un cuento para niños o un mito. Pero hay una explicación para esto; según los pergaminos astrológicos de Pasión de Parma, se debe a que el ciclo de los años de Los Señores del Cielo coincide irregularmente con el Ciclo del Teserastra, y durante el año de La Madre, estas estrellas coinciden o al final del día del año anterior o al inicio del año próximo, muy pero muy rara vez, durante el año en sí. Sin embargo, según la predicción estelar hecha por las observaciones de Pasión, aproximadamente cada 1728 años el Teserastra aparece en el cielo del año de La Madre.

   Además, Ápalo de Saén, discípulo de Pasión y quien continuó sus observaciones, teorizó la gama de poderes que podría tener un azti nacido bajo el año de La Madre, basándose en las observaciones de los arcanos y las características que a cada uno de los Señores del Cielo le son atribuidas. Ápalo descubrió que de todos los poderes que tienen los azti ninguno jamás reportó de manera natural la premonición, la transferencia de magia o la protección. Además, teorizó que los azti nacidos bajo el año de La Madre tendrían el poder de dar a luz nuevos azti, indistintamente de linaje astral del otro progenitor y sus abuelos, y también intuyó que siempre serían mujeres dada esta característica. Sin embargo, no eran más que teorías, porque la única manera de comprobarlo era cuando la Teserastra coincidiera con el año de La Madre y eso había pasado unos 24 años antes de que la misma Pasión naciera, y no había registros natales de aquella época para saber si la conjunción de algún linaje astral produjo algún azti ese año en algún lugar del mundo.

   Lo que Ápalo ni Pasión supieron fue que, de hecho, sí había nacido un azti ese año, muy lejos de su influencia y su conocimiento, y del de cualquiera. Resultaba que, hacia las costas occidentales del continente, el reino Zuria sufría una cruenta guerra civil a causa de un rey muerto sin herederos. La guerra arrasó con la tierra, matando a cerca de dos quintos de la población, casi dos tercios de las cabezas de ganado y costó la mitad de los campos. Muchos hombres murieron y muchos niños quedaron sin padres, entre ellos Aoleón, hijo de un campesino que tuvo que dejar a su mujer, Sanara, embarazada para ir a la guerra por su señor feudal. Su madre, ignorante de casi todo en la vida excepto de lo básico y necesario para existir, dio a luz al niño sola al mismo tiempo que casi muere de un susto cuando un mamu de plumaje azul tornasol llegó a su choza, pronunciando el “Zeruko Aitorpen” (la declaración del cielo). Intentó correr al ave de la casa, pensando que estaba detrás de ella, esperando el momento que muriera para comérsela. Pero con el pasar de los días, se acostumbró a ella y hasta sacó provecho de que el ave cuidaba del niño, incluso buscaba alimentos para él. Esto le permitió a la mujer dedicarse a labores de subsistencia como cultivar la huerta, atender a los puercos y las gallinas, cargar agua del río, hasta pastorear las ovejas. Así Aoleón creció sin ninguna intervención del mundo externo, conociendo solo a su Madre y al ave que lo acompañaba a cualquier lado. A penas y tuvo cierta habilidad física, su madre lo hizo aprender los mismos oficios que ella para sacar adelante la granja y garantizar su subsistencia. Con los años, la Guerra Civil de Zuria llegó a su fin, sentándose un rey en el trono de Keztalurra. 

   La noticia llegó con un año de retraso a la granja; Sanara y Aoleón se encontraban en la huerta, preparando la tierra para sembrar con la llegada de la primavera, cuando una caravana concurrida pasó por la zona. Sanara le pidió a Aoleón que se ocultara en la choza y que, por ningún motivo, bajo ninguna circunstancia y sin importar lo que viera o escuchara, debería salir a menos que ella se lo pidiera. Era el primer contacto humano que tenían en 8 años.
La caravana estaba dirigida por una anciana que se presentó como Kastamora, iba acompañada de un ave exuberante, de plumajes blancos y plateados, muy parecida al ave que vivía con ella y Aoleón; La anciana explicó a Sanara que buscaban el valle de Kebat, donde se encontraba una aldea que había sido destrozada durante la guerra y su objetivo era repoblarla. Solo buscaban orientación y quizás un poco de agua, la cual Sanara ofreció amablemente, indicándoles dónde quedaba un arroyo no muy lejos de la granja.
Sanara quedó asombrada con la historia, pero lo que más le llamó la atención fue el ave de la anciana. La miraba con detenimiento, al igual que Aoleón desde dentro de la choza. La anciana notó aquella fascinación.

-¿Te gusta Kadazor?- preguntó en referencia al ave.

-Sí – Sanara respondió embelesada – es un ave muy hermosa – recordó que la de su hijo estaba escondida en la choza – pero jamás había visto una igual.

- Por como la miras, pareciera que te ha recordado algo – insinuó la anciana.

- No, para nada – se ruborizó.

- Es un mamu – explicó la anciana con una sonrisa – Son espíritus del cielo. Cuando aparecen en el lecho de parto de una mujer y rezan su juramento, anuncian que el recién nacido será un azti y tendrá poderes mágicos, como yo – la anciana señaló la huerta y Sanara vio cómo las semillas que apenas habían sembrado ella y su hijo, germinaron y se transformaron en plantas y luego frutos -Es un regalo de mi parte, en agradecimiento por tu buena disposición – puso su mano en el hombro de Sanara.
Kastamora contó también a Sanara que ella era una de los pocos azti que quedaban en el reino luego de la Guerra y que, aunque la mayoría de los azti servían bajo las órdenes del nuevo Señor de Keztalurra, ella por estar vieja y cansada obtuvo el permiso para volver a su lugar de origen y, además, decidió llevar a todas esas personas en la caravana para repoblar la zona. Sanara quedó estupefacta ante aquella explicación.

-Y puedes estar tranquila, no le haremos daño a tu hijo -retiró su mano y se le acercó al oído- Pero, cuando quieras, búscame en el Valle de Kebat, yo podría enseñarle todo lo que necesita saber sobre él y su mamu. Eso sí, no tardes mucho, no creo que me queden muchos años de vida. Ten esto en cuenta, porque tarde o temprano él lo descubrirá por su cuenta o algún oficial al servicio del rey pasará por aquí y te lo quitará por más que trates de esconderlo. Así que toma – le entregó una roca color jade – cuando quieras que tu hijo reciba una adecuada educación, envíalo a mí con este amuleto.

   La anciana se despidió y la caravana continuó su curso. Sanara se quedó con una sensación extraña, pero no nueva: la confusión; Lo que le había dicho aquella anciana implicaba que su hijo tenía poderes como los que le enseñó. Las posibilidades eran tantas; Sanara solo pensó en la granja, en el futuro y en todas las plantas que podría hacer crecer su hijo. Tendrían la vida asegurada o ella la tendría. De cualquier forma, su pensamiento se volvió de nuevo a su hijo, quien miraba oculto desde la ventana maltrecha de la choza. Después de meditarlo, Sanara decidió no contarle nada a su hijo y que viviera una vida tranquila. Prefirió que fueran sus manos y su fuerza las que determinaran su destino. 

   Volvieron a pasar los años y el contacto con personas incrementó, pero también lo hizo la curiosidad y el entendimiento de Aoleón, y su necesidad de contacto humano. Cuando debía buscar agua, aprovechaba el tiempo para escabullirse por el bosque hasta el camino que llevaba al valle de Kebat, y oculto por la sombra y el silencio del bosque, observaba a los carruajes pasar, primero esporádicamente y luego con mayor frecuencia a medida que los años le fueron devolviendo la estabilidad y la riqueza a la región. Aoleón disfrutaba enormemente cada artilugio, vestimenta y rostro nuevo que observaba, e imaginaba qué podía ser cada cosa. Se le hizo rutina conversar en su soledad con el Ave a quien terminó llamando “Pazemor”, porque simplemente tuvo un sueño en el que el ave le dijo que ese era su nombre. Comentaba cada cosa con Pazemor, lo que quería, lo que pensaba, cada cosa que imaginaba y aunque nunca tenía una respuesta del ave más que un alarido o un canto, él sentía que lo entendía y lo acompañaba.

   Ahora, toda riqueza tiene un costo, por un lado, lo que implica generarla, y por otro lo que implica protegerla de quienes desean obtenerla para sí. Y como Kebat se encontraba cerca de la frontera con los Reinos de las Montañas, se convirtió en lugar muy codiciado y expuesto a los bandidos, quienes una vez cada tanto lograban organizarse para saquear el valle. Esto atrajo la atención del Señor de Keztalurra, quien decidió enviar legiones del ejército real para proteger a los ahora ciudadanos de la Provincia de Kebat.

   Una mañana, mientras Aoleón observaba silenciosamente a los carruajes pasar, aparecieron las legiones en el camino, marchando en sincronía y portando un estandarte con un buey, sus uniformes azul rey cubiertos por armaduras de lo que parecía ser cuero, eran relucientes. Todos los marchantes llevaban el cabello recogido y un gesto inerte en su rostro. Pero lo que más le llamó la atención a Aoleón fueron los tres jinetes que iban al frente de las legiones: Los tres iban vestidos con colores y armadura similar a la de los marchantes, con la salvedad de que llevaban cascos con copetes de un plumaje reluciente y máscaras de cuero en forma de pico de aves, y de pronto, sobre ellos volaron tres aves magníficas de una envergadura solo parecida a la de Pazemor, y pudo Aoleón observar que las plumas de los copetes correspondían al plumaje de cada ave. 

   Las legiones se perdieron en el horizonte mientras avanzaban por el paso sinuoso hacia el valle y Aoleón se quedó con el deseo de saber por qué aquellas personas tenían un ave igual que la suya. Cuando volvió a la granja para tratar de conversar, por primera vez, Pazemor cantó de una manera que nunca había cantado y entonces una serie de imágenes se proyectaron frente a Aoleón, formando figuras de polvo dorado, pero tan claras como para distinguir cada detalle: En un principio observó figuras de hombres que corrían con espadas y antorchas, luego escuchó a una mujer gritar. Una choza quemándose y sangre corriendo en sus manos. Luego observó en el cielo y la Luna Grande menguaba mientras la pequeña estaba llena. Tardó un instante en entender la escena, pero pronto se dio cuenta que la choza era su casa y la mujer que gritaba era, con toda certeza, su madre; instintivamente miró al cielo y observó las lunas: La Grande menguaba y la pequeña estaba a 3 días de llegar al plenilunio. 
Aoleón quedó petrificado, sin entender lo que había pasado. De pronto, una voz grave comenzó a hablarle, una voz cuyo origen no sabía identificar, hasta que poco a poco se dio cuenta que venía de su mente y luego, de Pazemor.

-Has visto el futuro– mentalmente dijo Pazemor.

Aoleón se quedó en silencio, tratando de asimilar que, por un lado, Pazemor estaba hablando, y que, por otro, había visto el futuro.

-¿Cómo es que puedes hablarme o estar en mi mente? – pensó Aoelón.

-Leo tu mente y tú lees la mía- respondió el ave.

-¿Y por qué no me habías hablado antes? -preguntó confundido.

-Porque en ningún momento anterior habías tenido la necesidad de que te explicara algo. Yo- continuó el ave mientras se elevaba unos dos metros sobre el suelo –soy tu compañero. Tú eres un ¬azti; el cielo te ha bendecido con el más grande de los regalos.

-No entiendo- pensó Aoleón - ¿Qué es un azti? ¿Qué poderes tengo? ¿Por qué me escogió el cielo?

-Eres la mano de los Señores Celestiales en la tierra y te han sido otorgado dones para que ayudes a la humanidad. Las dos otras respuestas deberás descubrirlas por ti mismo. No tengo permitido decírtelo; tan solo puedo explicarte cada vez que lo descubras.

El ave descendió de su vuelo y tomó una posición de reverencia.

-Estoy a tu servicio; Si tú mueres yo muero; Si yo muero, tú mueres. Lo que tú sientas yo lo sentiré, lo que tú vivas, yo lo viviré.

   Aoleón correspondió la reverencia y repitió las mismas palabras que Pazemor había dicho, sin razón aparente, tan solo sintió que debería hacerlo. Cuando volvió a la choza se sentó a conversar con su madre sobre lo que había ocurrido y entonces ella le contó todo lo que había pasado y explicó por qué había decidido no decirle nada hacer 8 años cuando la anciana había pasado por su puerta. Sanara le entregó a Aoleón la piedra color jade que la Anciana le había dado y le pidió que fuera en su búsqueda. Aoleón aceptó, pero decidió hacerlo luego del plenilunio de la Luna Pequeña, aunque no quiso decirle a Sanara sobre su visión porque estaba decidido a cambiarla.

   Durante los días previos a la luna llena, Aoleón repasó su visión, una y otra vez (aprendió que podía convocarla cuantas veces quisiera, tan solo necesitaba pensar en ella) hasta que estuvieron claros todos los puntos de lo que pasaría. Cuando la noche llegó, él se sentía listo para enfrentarlos, la luna quedó exactamente en la posición de su visión y entonces se apostó en la puerta. Esperó por horas y el amanecer llegó, pero nada de lo que había visto pasó, los hombres no llegaron. Aoleón estaba confundido.

-¿Qué ha pasado?-pensó, intentando preguntarle a Pazemor.

-Has visto el futuro, pero nos has visto cuándo es ese futuro-respondió el ave.

-¿Y cómo sé cuándo pasará?- preguntó preocupado.

-Eso es algo que tú deberás aprender por ti mismo- insistió Pazemor – sé lo que tú sabes, conozco lo que tú conoces.

   Habiendo pasado aquellla preocupación, Aoleón se puso en marcha hacia el valle de Kebat, en busca de la vieja azti que respondería al nombre de Kastamora. Tres días le tomó llegar al valle, atravesó grandes campos donde cultivaban distintos granos y otros tantos llenos de animales de pasto, a medida que iba avanzando por los campos, en el centro del valle se iba elevando una pequeña montaña, aislada de cualquier montaña a su alrededor, tenía forma de un pedazo de tronco que se había astillado en la parte de arriba. Pazamor se voló a gran altura, sobrevolando la zona.

-Desearía poder ver lo que ves -pensó Aoleón.

-Puedes hacerlo- le respondió Pazemor.

   Entonces Aoleón cerró los ojos y en la oscuridad tras sus párpados comenzó a ver lo que Pazemor veía: Al pie de la extraña montaña y rodéandola, había una aldea amurallada, con cuatro puertas, una por cada extremo cardinal y en el tope de la montaña había un templo de piedra con una escultura que representaba a una mujer embarazada.

   Cuando Aoleón llegó a una de las puertas de la aldea, intentaron requisarlo, pero de inmediato notaron que viajaba con un mamu y le dejaron pasar. Además, Aoleón mostró el amuleto de jade y los guardias tuvieron la amabilidad de indicarle dónde podía conseguir a Kastamora, señalándole el tope de la montaña. El muchacho y el ave atravesaron la aldea, siendo receptores de las miradas de todos a los que cruzaban. Se podían incluso escuchar algunos murmullos que decían “un azti”. Tan pronto como alcanzó el centro de la aldea comenzó el ascenso a la cima de la montaña a través de un sendero escalonado que la bordeaba formando una espiral. Fue una subida larga, pero provista de una vista increíble de todo el Valle de Kebat, al norte, este y sur las montañas encerraban el valle, mientras que, al oeste, se abría más y más, hasta donde la vista pudiera alcanzar. Después de un rato alcanzó la cima de la montaña, ingresando, a través de un arco de piedra, a un jardín lleno de flores de distintos colores que reverenciaban la estatua que había visto a través de los ojos de Pazemor.

-Madre – escuchó el pensamiento de Pazemor, quien se presentó ante la estatua con una reverencia, mientras Aoleón repitió el gesto, una vez más sin entender por qué.

No había señales de otras personas en el lugar. Así que Aoelón avanzó a través del jardín hasta la entrada del templo. Descubrió que era en sí mismo una caverna, tallada desde afuera y que ingresaba hacia el centro de la montaña. Se paró al frente de la caverna y enunció: "Hola". El eco devolvió su saludo una decena de veces, para luego traer a sus oídos una pregunta seca:

-¿Quién eres?

-Soy Aoleón, Hijo de Sanara- respondió el muchacho mientras alzaba el amuleto de jade- y vengo a buscar a Kastamora.

   El eco de sus palabras se perdió en el fondo de la caverna hasta que de la oscuridad brotó una silueta que poco a poco dibujó a la anciana: se veía idéntica a aquella mujer que, desde la ventana de la choza, hacía 8 años, él había visto. Caminaba con algo de dificultad y usaba un bastón y, tras ella, el ave blancuzca con trazos plateados caminaba, siguiéndole el paso. La vieja se paró frente a Aoleón y tomó el amuleto con su mano, acercándolo a su rostro.

-¡Ah! Eres tú – exclamó con una voz que equilibraba dulzura y autoridad – Finalmente. Sabía que vendrías. No me he muerto, esperándote – se rió – ven muchacho, ven. Tenemos que empezar ya.

   La anciana lo guió a través de la oscuridad de la caverna. Sujétate de mi hombro, muchacho, le dijo. 

-¡Ah!- pareció entender algo- muy interesante. Esto es una gran sorpresa. Veo que has descubierto recientemente tu poder.

-Sí-respondió desconcertado mientras miraba en la oscuridad, buscando a Pazemor.

-Tranquilo, Aoleón- dijo la anciana con suma ternura- Pazemor viene detrás de ti. Pero eso ya lo sabes; Jamás se separará de ti.

-¿También lees la mente?- preguntó asombrado.

-No, no – rió la anciana – no puedo leer la mente. Eso lo podría hacer un azti nacido en el año de El Sabio; yo nací en el año de La Doncella, lo que puedo es leer tus recuerdos. Pero, ese talismán que llevas, el que le di a tu madre, está hechizado y a través de él, todos estos años, supe de ti y de tu madre. 

  La oscuridad comenzó a desvanecerse y llegaron a lo que parecía un jardín interno dentro de la cueva. Lianas y enredaderas colgaban del agujero que coronaba el jardín interno y por donde el sol entraba a sus anchas, y en medio del jardín había un altar con 12 piedras con símbolos tallados en ellas.

-Este es un antiguo templo- explicó Kastamora -Está aquí desde hace miles de años, incluso antes de que existieran los reinos y los reyes que hoy nos gobiernan. Fue hecho por los primeros hombres que llegaron a Kebat, y desde entonces, en este valle, ininterrumpidamente ha nacido un azti tras otro. Uno solo y nada más, y a ese azti se le ha dado la responsabilidad de cuidar este templo y el gran tesoro que en él se esconde. Yo soy la última de esa línea, y cuando yo muera nacerá otro más que habrá de tomar mi lugar, y él o ella sabrá, al nacer, que deberá cuidar este templo. Pero tú muchacho – hizo una pausa.

-¿Soy yo ese azti?

-No, no – rió la anciana -. Para eso yo debí morir. Pero tú no has nacido en el Valle de Kebat, has nacido fuera de él. Tú muchacho eres una peculiaridad. Eres muy raro, único en tu tipo. Y mira que yo te lo digo, que he vivido tanto, pero tanto, y he conocido tantos como nosotros, incluyendo a esos tres soberbios que has visto hace un par de días en el camino.

-¿Qué tengo de especial?- Aoleón preguntó mientras observaba cómo ambas aves tomaban agua de un pequeño charco a un costado del jardín.

-De los 12 señores que rigen el cielo, cada uno rige un año en ciclos infinitos – explicó Kastamora – Y cuando un azti nace bajo el año de un Señor en particular, este Señor es quien le otorga los dones. Tus dones son poderes naturales que emanan de tu interior y no consumen ningún tipo de energía ni requieren ningún tipo de canalización. Y tú – hizo una pausa – tienes un don muy raro y especial: Puedes observar pedazos del futuro. No he conocido a ninguno, sea cual sea el año bajo el que nacieron, que pueda ver pedazos del futuro.

   Hubo un silencio mientras la anciana encendía algunos inciensos frente a los altares.

-¡Ah! – interrumpió de nuevo – lo más interesante que debes saber sobre ti es que jamás había conocido a un azti que hubiese nacido el año de La Madre. Y hete aquí, en el templo dedicado a La Madre.

   Aoleón se sintió confundido, quizás porque eran muchas cosas juntas para asimilar, pero decidió que haría todo lo que estuviera a su alcance para entenderlo. Después de todo, el trabajo duro y constante que había hecho en la granja no era diferente. Al inicio le costó, desde muy niño, aprender y hacer todo, pero a medida que iba repitiendo, día a día lo fue amaestrando. 

   Así que comenzó su “entrenamiento” con la anciana. Kastamora le enseñó a dominar todos los secretos de la magia, todos los conjuros que conocía y todo lo que podía saber sobre sí y sobre los otros azti. Aprendió sobre la tierra y los poderes de El Agricultor, aprendió sobre la Leyenda de Opari y los poderes del guerrero, conoció los poderes de la mente y las habilidades de El Sabio, supo de los poderes de La Doncella, del Rey, de la Reina, El Pescador, El Navegante, el Herrero, la Sacerdotisa y la Jueza. Aoleón abrió su mente y aprendió todas las posibilidades de los azti. Pero un misterio más grande quedaba por ver y era su poder propio. Más allá de la premonición, no había sido capaz de hacer nada más con energía propia. Aprendió a usar talismanes y cargar magia sobre ellos.
Sin perder el lazo con su madre, Aoleón volvía por unos días con cada estación, y con su magia ayudaba a Sanara en la granja; hizo talismanes para que las plantas crecieran mientras él no estaba. Pero, sobre todo, volvía a la granja cada año, tres días antes de que las Luna Grande estuviera en Cuarto Menguante y la Pequeña alcanzara su plenilunio, esperando el día que aquel fragmento del futuro que vio en el bosque se presentara. Además, Kastamora acordó con Aoleón que él nunca se presentaría al servicio del Rey, porque implicaría su partida hacia Keztalurra y alejarse de su madre, así que tuvo que mantenerse escondido en el templo y moverse con discreción. Kastamora incluso le enseñó un conjuro de ilusión que permitía transformar al mamu, temporalmente, en otro animal y así pasar desapercibido. Esto principalmente por los azti que estaban al servicio del Señor de Keztalurra y se habían hecho cargo de la seguridad de la Provincia, ya que, de toparse con él, lo reportarían inmediatamente.

   Un buen día, en el tercer año de La Madre de Aoleón, mientras paseaba por los campos del valle, observó en la distancia y sobre la aldea, una gran humarada que se alzaba. Hizo que Pazemor se transformara en un halcón y volara tan cerca como fuera posible, mientras él corría tanto como podía para ir a la zona. A través de los ojos de Pazemor pudo ver una horda de bandidos que azotaban la aldea, y observó cómo las legiones del Rey y los tres azti luchaban contra ellos. Pero también advirtió que los bandidos no era simples hombres armados: entre ellos también había azti peleando. Inmediatamente le ordenó a Pazemor volver y él se mantuvo oculto entre los campos cercanos. A lo lejos pudo divisar cómo dos jinetes de las legiones huían despavoridos de la aldea, así que Aoleón se puso en marcha para ver qué era lo que pasaba, mientras pensaba en cualquier posibilidad de lo que había pasado. Sujetó el talismán de jade y trató de sentir en la distancia a Kastamora pero no hubo respuesta, lo cual aumentó su preocupación. 

   Para cuando alcanzó la aldea encontró desastre y silencio: Las casas ardían parcialmente y muchas personas yacían muertas en el suelo y otras gravemente heridas, una mujer gritaba y lloraba sobre el cadáver de hombre a lo lejos. Encontró a uno de los primeros azti, tirado en el suelo, desintegrándose lentamente para convertirse en polvo, mientras otro agonizaba con una lanza que lo atravesaba directo en el pecho. Aoleón se acercó y trató de ayudarlo, pero era imposible, sintió cómo su corazón estaba hecho pedazos. Pero no había señales del tercero. 

   Aoleón corrió hacia la base de la montaña y observó cómo los escalones que ascendían al templo estaban llenos de sangre así que pensó lo peor. Decidió ascender por un camino secreto por el interior de la montaña, que desembocaba directamente en el templo interno. Transformó a Pazemor en una mariposa para ser mucho más discreto. Cuando alcanzó la cima escuchó algunos gritos y asomado entre las lianas pudo ver al tercer azti arrodillado en el suelo, ensangrentado y a su mamu inmovilizado con cuerdas y con un talismán alrededor de su cuello. Escuchaba que uno de los bandidos gritaba: 

-¡¿Dónde está el talismán? Anciana!

  A penas y podía ver a Kastamora detrás de los hombres que le gritaban. Logró contar a 7 hombres, vestidos con ropajes extraños, algunos tenían un círculo blanco marcado en las espaldas mientras otros tenían medio círculo, y cada uno de ellos tenía un ave que lo acompañaba. Pero todas eran muy diferentes y era difícil saber si se trataba de mamus que habían sido transformados. Cuando uno de ellos se movió, Aoleón pudo ver que el Kadazor también se encontraba atado y con un talismán idéntico al del mamu del azti legionario. El hombre que hablaba golpeó físicamente a Kastamora, haciéndola sangrar.

-No me hagas perder la paciencia, anciana ¿Dónde está el talismán?

Kastamora seguía inmutable y en silencio a pesar de los golpes. El hombre entonces arrastró al mamu del azti legionario al frente.

-Si no me lo dices, lo mato – amenazó.

   Como no hubo respuesta de la anciana, el hombre clavó una aguja muy fina y larga en el la base del pescuezo del mamu, este soltó un alarido y entonces el azti legionario se desplomó y se convirtió en polvo.

-Puedes conservar tu vida anciana- insistió el hombre, mientras sujetaba a Kadazor por el cuello y colocaba, a modo de amenza, la misma aguja sobre su pescuezo.
   Aoleón se desesperó y sintió impotencia. Sabía que no podía contra ellos y que lanzarse a hacer algo sería un despropósito. 

-Así lo quisiste, anciana- dijo el hombre, empujando la aguja.

   Para Aoleón el tiempo se detuvo y de un impulso de desesperación, salió corriendo hacia ellos, tan rápido como pudo y cuando tocó al mamu, Aoleón y Kastamora junto con sus aves, aparecieron repentinamente dentro de una choza y con una mujer asustada: Era la Granja y Sanara.
Era difícil de entender aquella situación tanto para Sanara como para Aoleón, pero pronto hubo algo más importante que atender. La aguja se había clavado en el cuello de Kadazor y había logrado hacer daño. Kastamora agonizaba mientras su pecho se manchaba en sangre.

-El talismán – articuló Kastamora – y logró sujetarse del cuello de Aoleón y tomar con su mano el Talismán de Jade.

- ¿Qué debo hacer? – preguntó Aoleón con lágrimas entre sus ojos.

-Nada – fue la última palabra de Kastamora mientras se volvía polvo entre sus manos.

   Y entonces Aoleón comprendió muchas cosas: La primera de ellas es que tenía un segundo poder natural: saltar en el espacio. La segunda, que su premonición había sido mal interpretada, y las señales que vio tenían que ver con este momento. La mujer que gritaba no era su madre, la choza quemada no era la suya, los bandidos eran aquellos hombres, la luna que menguaba y la llena no eran lunas y la sangre en sus manos no era sangre sino polvo.

   Pero también pensó en varias cosas: La primera ¿Qué talismán buscaban esos bandidos? La segunda, al haber muerto Kastamora, según la tradición inexplicable de la que ella le había contado, otro azti habría nacido en el valle y él debía encontrarlo. Aoleón decidió volver al valle aún cuando su madre le aconsejó que no. Conjuró un hechizo sobre el talismán de jade y se dio cuenta que Kastamora había transferido sobre él todas sus memorias. Algunas, pudo verlas Aoleón, pero otras estaban cerradas, destinadas a que el azti del Valle de Kebat las descubriera. En el talismán también había una instrucción seria para Aoleón: debía encontrar al azti recién nacido antes de que los bandidos lo hicieran, de lo contrario se apropiarían del tesoro que guardaba el templo, cuya naturaleza no quiso revelar.

   Con su nuevo poder descubierto, Aoleón saltó en el espacio y alcanzó la aldea, en primera instancia buscando señales de los bandidos. Transformó a Pazemor de nuevo en un halcón y lo hizo sobrevolar la aldea y vigilar mientras él buscaba. Convocó un gran conjuro de búsqueda y descubrió a una mujer embarazada, pero desafortunadamente se encontraba gravemente herida. Se acercó a ella y al tocarla descubrió que a penas y tenía dos meses de embarazo y ni siquiera ella lo sabía. Con toda certeza el bebé moriría. Aoleón se sintió desconsolado, no había podido proteger a Kastamora y ahora ni siquiera al azti que la sucedería. Aoleón se echó llorar sobre el cadáver de la mujer, deseando con todo su corazón que pudiera encontrar una manera de que salvar al azti que no había nacido. Entonces, sintió un fuerte dolor en su estómago, una sensación tan extraña que se expandió por todo su cuerpo, incluso por su vientre y con mayor fuerza en su zona genital, al mismo tiempo una luz comenzó a iluminar el vientre de la mujer, para luego separarse de esta y formar una esfera suspendida, Aoleón se echó al piso, un tanto por la impresión y otro tanto por el dolor, y entonces la esfera se acercó a él, se posicionó sobre su cuerpo y se introdujo en su vientre. 

-Estás cambiando – escuchó la voz de Pazemor.

   Y entonces Aoleón lo supo: había cambiado de manera contundente, su cuerpo, su forma y su interior. En su vientre se alojaba el azti que sucedería a Kastamora y él sería su madre.

-Nos han encontrado – advirtió la voz parsimoniosa de Pazemor.

-Vámonos – le ordenó.

  Aoleón entonces hizo otro salto, esta vez más grande, para llegar a la Granja. Pero de pronto sintió una fuerza que lo alaba, como si fueran mil cuerdas que tiraran de él y fue cuando cayó de golpe en el suelo de la aldea, junto con Pazemor, y al mirar a tras observó al azti que había matado a Kastamora. Aoleón se levantó, e intentó saltar una vez más, pero la misma fuerza lo devolvió y esta vez sentía cómo quemaba sus piernas y sus manos; Aoleón se dio cuenta que el hombre estaba conjurando un hechizo de retención y así estaba logrando evitar que él saltara.

   Como pudo, convocó un viento tormentoso, levantando el polvo de la tierra y haciendo que los bandidos lo perdieran de vista. A fin de cuenta, para retener a alguien necesitabas verlo. Aoleón, intentó saltar de nuevo y lo logró, llegando a la Granja. Sanara lo miró con asombro, pues no lo reconoció como mujer, pero pronto Aoleón le supo explicar.

   Por un momento se sintió a salvo, lejos de los bandidos y del peligro que suponían para él y para la criatura que ahora llevaba en su vientre. Sin embargo, notó que en sus piernas y sus manos no estaban marcadas arbitrariamente, estaban llenas de símbolos, muy parecidos a los del talismán de jade que Kastamora le había dejado. Aoleón intuyó que se trataba de un hechizo de localización y supo que estaba condenada. No importaba a dónde saltara, esos hombres la encontrarían. La frustración la invadió al darse cuenta que aún cuando habían ocurrido una serie de eventos extraordinarios para salvar sus incapacidades, no había manera de escapar al destino que le esperaba. Pero entonces, Pazemor le habló:

-Hay un último recurso que solo tú puedes usar. Esta vez tengo permitido hablar, porque es un recurso que solo tú posees y nadie más. 

- ¿Cuál es? Pazemor, necesito saberlo ya – respondió con desespero – necesito proteger al niño, a toda costa.

-Mira en tu interior y lo encontrarás. La solución no está solo en el dónde, también está en el cuándo.
Aoleón meditó sobre las palabras de Pazemor y entonces lo tuvo claro, la premonición se hizo ante sus ojos y vio su destino con infinita claridad. Tomó a su mamá por el brazo, cerró los ojos he hizo un gran salto y perdió la conciencia.

  Al despertar se halló en un lugar frío, iluminado por la luz de las lunas: La grande menguando y la Luna Pequeña abrazando su plenilunio, 12 estatuas la rodeaban a ella y a su madre. Entonces miró las estrellas y se dio cuenta que no estaban en Kebat, y tampoco en el año de la Madre. Estaban lejos, y el cielo le decía que estaban en el Año del Guerrero.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares